Ni siquiera para quienes tienen una sólida teología de la creación resulta evidente a primera vista que este mundo merezca nuestra lealtad.
Si solo es un claro en el bosque donde se puede ejercer con impunidad la violencia más inexplicable y cruel sobre los inocentes, entonces deberíamos darle la espalda, sacudirnos su patético polvo de las sandalias y anhelar otro lugar.
La narrativa bíblica nos permite coquetear con esta desesperación. Sin embargo, nos aleja del abismo cuando hemos bebido de su copa los jugos más amargos.
Se nos enseña que este no es un lugar para la desesperación.
En algunos momentos, el espacio que nos separa de una conclusión tan sombría se reduce a una oración susurrada, o sollozada.
Joiada, un sacerdote justo e hijo de una estirpe piadosa que nos habría llevado a anticipar precisamente esto, es asesinado por el miope rey judío Joás y sus secuaces.
Muere rezando:
Entonces el Espíritu de Dios vino sobre Zacarías, hijo del sacerdote Joiada; y él se puso en pie, en un lugar más alto que el pueblo, y les dijo: Así ha dicho Dios: «¿Por qué quebrantáis los mandamientos del Señor y no prosperáis? Por haber abandonado al Señor, Él también os ha abandonado». Mas ellos conspiraron contra él, y por orden del rey lo mataron a pedradas en el atrio de la casa del Señor. No se acordó el rey Joás de la bondad que Joiada, padre de Zacarías, le había mostrado, sino que asesinó a su hijo. Y este al morir dijo: Que lo vea el Señor y tome venganza.
Nos recuerda las narrativas vigorosas, seminales y poderosas de los primeros capítulos del libro del Génesis. Allí, un hermano asesina a otro con aparente impunidad. Sin embargo, se nos dice que, en el mundo de YHVH, la sangre inocente clama desde la tierra en la que se derrama.
La oración de Joiada se basa en esta verdad, que parece casi inverosímil debido al flujo ininterrumpido de acontecimientos malignos, pero que está arraigada en los corazones de aquellos que confían en YHVH.
Si las últimas palabras de Joiada son mero sentimentalismo, entonces acabemos con todo ahora mismo.
Sin embargo, ante la posibilidad de que el Creador de este mundo escuche tales oraciones definitivas, todo el universo se inclina y se equilibra.
Si YHVH es sordo o simplemente no existe, la desesperación es la opción inteligente.
Pero, ¿y si escucha?
Se abre un mundo. La alegría es posible. La confianza es racional. La fe encuentra su lugar.